Opinión: Ética, Pandemia y Naturaleza Humana

Por Verónica Benavides, académica de la Facultad Eclesiástica de Teología PUCV.

Desde la filosofía política clásica siempre se ha señalado, junto con Aristóteles (Política, I,1), que el ser humano por naturaleza es un animal político, es decir, un ser que apetece vivir su vida en sociedad, junto a otros, en mancomunidad, buscando el bien común por sobre el bien particular. Este sería, para el filósofo griego, el ideal ético de la vida práctica, el que todo ser humano debiera buscar con su quehacer en la comunidad política.

Sin embargo, la sociedad contemporánea no nos muestra precisamente este ideal -que, no olvidemos, es natural a la vida humana- como algo realizado y presente entre nosotros. En estos días de pandemia por COVID-19 las noticias nos pintan más bien la figura hobbesiana del hombre egoísta, individualista al punto de dejar a los demás sin poder adquirir los elementos básicos para la higiene y la alimentación familiar, o bien del sujeto egocéntrico que no piensa en sus semejantes y, pese a saberse contagiado, ingresa en espacios públicos cerrados donde la diseminación del virus es más que probable. En definitiva, nos encontramos frente a una nueva versión del “hombre lobo para el hombre” instalado, gracias al nuevo virus, en nuestras grandes ciudades, símbolos paradójicos de “urbanidad”.

La pregunta es, entonces, ¿qué nos ha pasado como seres humanos? ¿Es acaso el miedo un poderoso elemento transformador de nuestro comportamiento ético? Quizá, después de todo, el fenómeno no sea tan nuevo. La gran mayoría de los filósofos que han estudiado la Posmodernidad coinciden en caracterizar los siglos XX y XXI como épocas hiper narcisistas, donde justamente la falta de empatía con los demás es una constante. En este sentido, es muy interesante revisitar la metáfora del desierto de Lipovetsky: en éste, la sequía espiritual que dejó la caída de los metarrelatos modernos y el fin de las metafísicas trascendentes modeló una sociedad donde no hay valores vicarios y la apatía y el desinterés por lo social es tenido por una conducta normal. La licuefacción de los valores que denuncia Baumann no es más que otra forma de expresar esta deshumanización en curso.

Por lo tanto, no es de sorprenderse que el COVID-19 sea hoy simplemente el evento visibilizador de una sociedad consumista y egocéntrica que ha perdido la conciencia del otro como un semejante. Pero, paradojalmente, es la misma dinámica de propagación del virus la que nos insta a cuidarnos entre todos, a preocuparnos por los demás en actos tan simples como comprar solo lo necesario, a mantener cuarentenas preventivas justamente para cuidar a nuestros seres queridos de más edad.

En otras palabras, el mismo contagio nos lleva a recordar, con Víktor Frankl, que no hay otra manera de ser feliz sino dándose a otros, a tal punto que el sentido mismo de la vida se juega en esta apertura radical al prójimo. Lo mismo nos recuerda Benedicto XVI cuando define al hombre como un ser relacional, creado por Dios para ser, vivir y amar a los otros, como el mismo Cristo amó a la humanidad y se inmoló para su salvación.

Que no se nos olvide, entonces, entre tantas cifras, estadísticas y medidas sanitarias informadas por la prensa, que la verdadera dignidad de la persona humana pasa por el amor, por el acompañamiento afectuoso, por la solidaridad con los otros considerados como otros-yo. Parafraseando a nuestro querido San Alberto Hurtado, hoy más que nunca hay que “dar y amar hasta que duela” para que el temor no nos quite la humanidad.

Dirección General de Vinculación con el Medio

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